Donnerstag, 3. November 2011

Für die Liebe sterben? - Morir de amor?

Vor einigen Tagen habe ich "ein Wort" in einem Buch wiedergefunden, das ich lange Zeit nicht mehr in Händen hatte:

"Ich sterb´vor Liebe!
Schatz, was soll ich tun?
Sterben, weiter nichts! Ole!"

Dieser Vers steht unter den Anmerkungen von Walter Repges, Johannes vom Kreuz, Der Sänger der Liebe, Würzburg 1985, 136f. 

Es soll sich um ein Liebeslied handeln, welches ein Troubadur sang. Johannes vom Kreuz hörte es und inspirierte ihn zu seinem "Vivo sin vivir en mi", "Ich lebe, ohn´in mir zu leben".

Kurz und bündig wird, für manchen vielleicht etwas vereinfacht, der Sinn des Lebens, der Sinn der Gottsuche, und der Liebe wiedergegeben. Der Auftrag Gottes heißt: Liebe! Gleich, ob in der Ehe oder im Ordensleben. An dieser Stelle ist der Herr eindeutig. Liebe führt unweigerlich zur völligen Hingabe, zum Opfer, zum Sterben. Vieleicht vor Erschöpfung, aber vieleicht auch vor dieser wunderbaren Erfahrung unendlicher Liebe, göttlicher Liebe, die das Sterben erahnt, gar ersehnt. Was tun? Nur nicht aufhören! Weitermachen! Üben! Leben! Sterben! Lieben! - Sterben für die Liebe.

+++

Dieser Vers lautet im Original:

"Muérome de amores,
Carillo, ¿qué haré
—Que te mueras, ¡alahé!"

El preso está lleno de gozo y la cárcel se inunda de luz. Allí entran los santos, bajan los ángeles, sonríe la Virgen de la capa blanca y se oye la balada del amor. Fray Juan oye cantar a unas muchachas esta letra: «Muérome de amores, —Carillo, ¿qué haré?—Que te mueras, ¡alahé!» Su corazón tiembla, se incendia su alma, y repite con una alegría loca: «Que te mueras, ¡alahé!» Y de lo más hondo de su ser brota aquella canción: « ¿Adonde te escondiste, amado,—y me dejaste con gemido?...» Una gran claridad le rodea y de ella sale esta voz: «Aquí estoy Yo contigo.» Así nació uno de los más bellos poemas que escribieron los hombres. Otro día, después de nueve meses de prisión, «cuando estaba ya finando con accidentes de calentura», la voz misteriosa le invita a salir de la prisión, y su voluntad heroica afronta todos los riesgos de la huida. Con jirones de manta, trenza una cuerda y la deja caer por un agujero. Allá en el fondo rugen las aguas del Tajo. Tiene sensación de vacío y vértigo de abismo. Salta, va a dar en una peña, cruza unas tapias, llega a una huerta, y al amanecer busca el convento de las monjas, conforta su cuerpo con un plato de peras asadas con canela, y sobre el hábito roto se pone una flamante sotana, que hace exclamar a las monjas: «¡Qué lindo abad hace vuestra paternidad!»

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